Reconstruir el «Nosotros»: Un «Nuevo Frente Amplio» al encuentro de las mayorías del Chile actual

    Frente a un neoliberalismo que privatizó el malestar y la incerteza, la propuesta del Nuevo Frente Amplio”, debe ser un contrato de empatía: transformar la soledad de la supervivencia en una red pública que garantice certezas ante la enfermedad, la vejez y el desempleo, para asi poder desplegar los diversos proyectos de vida.

    El término de nuestro Primer Congreso Ideológico-Estratégico y el cierre de la fusión partidaria representan un hito político inédito. Sin embargo, ‘consolidar nuestra casa’ y proyecto, no resuelve por sí solo la pregunta más difícil: ¿estamos interpretando correctamente la sociedad que aspiramos a transformar? El Chile que dio origen a nuestras primeras luchas no es idéntico al que tenemos enfrente. Las movilizaciones de 2011 y el estallido social de 2019 expresaron un juicio severo contra el modelo neoliberal, pero las transformaciones socioculturales de las últimas décadas también moldearon de forma irreversible cómo las personas viven, toman decisiones y se relacionan con el poder. Si seguimos leyendo esta realidad únicamente con las anteojeras heredadas de la izquierda del siglo pasado, corremos el riesgo de explicar muy bien un país que ya no existe.

    En algunas comisiones del Congreso surgió un concepto especialmente interesante: la individuación. La reacción inicial de algunos sectores puede ser de desconfianza, al entenderlo como una concesión teórica al individualismo neoliberal. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. El individualismo es una postura ideológica que pone al individuo por encima de cualquier forma de construcción colectiva. La individuación, en cambio, se refiere a un proceso sociológico más amplio: explica cómo las personas van construyendo sus identidades y proyectos de vida en un contexto donde las instituciones tradicionales -como el sindicato, la clase social rígida, el partido o la iglesia- ya no determinan de la misma manera la vida de las personas.

    Quienes militamos en la izquierda tendemos a hablarle al «pueblo» como si encarnara una experiencia homogénea. Pero hoy, dos vecinas que viven en la misma calle y tienen ingresos similares pueden experimentar el país desde trayectorias muy diferentes. Las condiciones materiales siguen siendo determinantes, pero ya no articulan identidades colectivas automáticas. La experiencia personal tiene hoy un peso mucho mayor.

    Lejos de ser una amenaza, esta realidad representa una oportunidad. Entender la individuación nos permite reconstruir un proyecto colectivo que conecte con la vida concreta de las personas, en lugar de pedirles que renuncien a su biografía para encajar en una identidad preconcebida. Nuestra tarea histórica ya no es solo denunciar la desigualdad, sino ofrecer una respuesta política a quienes viven esa desigualdad desde historias y caminos personales muy distintos. En el Chile actual, cualquier «nosotros» duradero se construye reconociendo la legitimidad de cada «yo».

    El esfuerzo personal también es nuestra historia

    La izquierda ha tendido a interpretar el comportamiento individual de la sociedad chilena como una simple consecuencia del triunfo de las ideas neoliberales. Pero esa lectura deja fuera una verdad incómoda: las personas no aprendieron a arreglárselas sola porque hayan leído a Milton Friedman, sino porque el abandono institucional no le dejó ninguna otra alternativa.

    Frente a la enfermedad, la cesantía o la vejez, el mensaje del Estado chileno ha sido el mismo: resuélvalo usted. Ante la ausencia de una red pública fuerte de protección social, las familias desarrollaron estrategias individuales de resiliencia y supervivencia. Trabajar los fines de semana, estudiar de noche o emprender no expresan una adhesión dogmática al mercado, sino la voluntad digna de salir adelante en un entorno adverso.

    Aquí caemos en un error que se sigue repitiendo. Cuando nuestro discurso critica de manera abstracta «el mérito» o «el esfuerzo», el ciudadano común no necesariamente entiende que estamos cuestionando las reglas injustas del sistema. Lo que escucha, es a una élite política o universitaria menospreciando los sacrificios que ha hecho durante años para sacar adelante a su familia.

    Reconocer el valor del esfuerzo personal no implica validar la privatización de la vida. Significa comprender que millones de chilenos debieron construir sus proyectos de vida en soledad y que esa experiencia merece respeto más que reproche. Solo desde esa empatía podemos proponer un contrato distinto: una sociedad donde nadie tenga que enfrentar desamparado, los riesgos que deben ser asumidos colectivamente.

    La libertad necesita un piso común

    Si asumimos la individuación como un rasgo de la sociedad chilena, debemos actualizar la forma en que defendemos los derechos sociales. Durante décadas los hemos presentado principalmente como un imperativo de solidaridad moral o como un fin estatal en sí mismo. Esa narrativa hoy resulta insuficiente para construir mayorías.

    La ciudadanía no se pregunta en primer lugar cómo aumentar los recursos del Estado; se pregunta cómo vivir con menos angustia. En la vida cotidiana, las decisiones más apremiantes están marcadas por problemas e inseguridades muy concretas:

    • Cambiar de trabajo sin arriesgar la estabilidad familiar.
    • Emprender o estudiar una nueva carrera sin el pavor a la quiebra.
    • Enfrentar una enfermedad grave o cuidar a un familiar dependiente sin caer en la ruina.

    Las personas hablan de libertad y autonomía mucho más de lo que estamos dispuestos a admitir. Dejar que la derecha monopolice ese lenguaje ha sido un error estratégico. Una persona que posterga un tratamiento médico por falta de recursos o una mujer que no puede buscar empleo porque carga sola con las labores de cuidado no son personas libres. La falta de protección social no expande la libertad; la destruye.

    Los derechos sociales deben presentarse como una base para la libertad individual. La salud pública, la educación de calidad y las pensiones dignas no buscan uniformar a la sociedad, sino entregar un piso de certezas necesario para que cada individuo pueda desplegar su proyecto de vida sin miedo al futuro. Lo público no limita la autonomía; al contrario, crea las condiciones para que podamos ejercerla.

    Otra forma de construir mayorías

    Un proyecto político que se adapta a una sociedad individuada requiere renovar también nuestras formas de comunicación y organización. Imaginamos durante años que la construcción de mayorías era un proceso uniforme: se redactaba un programa coherente y se difundía de igual manera a toda la ciudadanía. Ese esquema funcionaba cuando las identidades sociales eran homogéneas, pero hoy está agotado.

    Llegar a distintas realidades exige diversificar los lenguajes. Una misma política pública impacta de manera totalmente diferente según el lugar desde donde se la viva. El caso de la Política Nacional de Cuidados lo ilustra con claridad:

    • Para una mujer joven profesional: Se traduce en autonomía laboral, desarrollo personal y corresponsabilidad.
    • Para una mujer mayor de sectores populares: Representa el alivio urgente al agotamiento físico y la valoración material de su trabajo invisible.
    • Para un hombre joven: Aparece como una interpelación ética y cultural a asumir tareas domésticas de las que históricamente fue eximido.

    La propuesta programática es exactamente la misma; lo que cambia es el punto de entrada a la conversación. Comunicar de manera segmentada no significa manipular a las personas. Significa hacer -presencial o digitalmente- algo que cualquier dirigente territorial hace en una junta de vecinos: hablarle a las preocupaciones reales de un interlocutor específico, con respeto por su experiencia. Es momento de dejar atrás una forma de hacer política que muchas veces termina hablándole a los convencidos, y aprovechar las herramientas tecnológico/digitales para llegar a más personas y construir un proyecto que pueda representar a las mayorías del Chile real.

    Conclusión: Reconstruir el «Nosotros»

    Comprender la individuación no es un ejercicio académico ni una rendición ante el modelo; es la condición de posibilidad para volver a ser una fuerza de mayoría. El Frente Amplio nació para superar las injusticias del sistema chileno, pero ese mismo sistema produjo una ciudadanía que construye su trayectoria desde una alta exigencia personal. Ignorar ese cambio no nos hace más radicales; solo nos hace menos escuchados.

    El desafío del Frente Amplio, de la “Nueva Izquierda” del siglo XXI no es enfrentar el «yo» contra el «nosotros», sino demostrar que un «nosotros» solidario es lo único que garantiza el desarrollo pleno de cada «yo». La seguridad social y lo público adquieren así un sentido emancipador: son las herramientas colectivas al servicio de la autonomía individual.

    Si el “Nuevo Frente Amplio” aspira a liderar las transformaciones de las próximas décadas, debe ser capaz de articular un proyecto común que valide y potencie el esfuerzo de cada persona. En esa síntesis entre libertad individual y garantías colectivas se juega la renovación de nuestro proyecto y el futuro de la izquierda chilena.

    Mauricio Vásquez

    Julio 2026

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